domingo, 16 de septiembre de 2012

El enemigo en casa




 

    Si alguno de ustedes ya se ha paseado por mi blog podría extrañarle el titular. Pero, efectivamente, no me refiero al niño como enemigo sino a la pareja. Es duro pensarlo, pero sucede en más ocasiones de las deseables. No se trata de un enemigo acérrimo con el que no se pueda convivir, aunque hay familias que sufren separaciones por cuestiones de crianza, ya que sus posturas son tremendamente radicales. Y es que casi nunca se habla en profundidad sobre la forma de criar y educar a los hijos durante el noviazgo porque parece algo sabido, que tiene que ser así, de tal manera: "como siempre". Craso error.

    A veces la maternidad o la paternidad nos sorprende y zamarrea. Hace que nos cuestionemos las formas. Incluso la educación recibida. Las bienintencionadas "indicaciones" de nuestros amados padres, también. Se cambia de opinión con facilidad al sentir piel con piel a un hijo, al mirarle a los ojos, respirar su olor, acurrucarlo y quererlo apasionadamente, visceralmente; como hay que querer. El encontronazo con la pareja es tremendo cuando no surge la sintonía, cuando no se despierta en el otro esa conexión natural, instintiva, antigua y salvaje que nos libra de la ceguera aprendida, domesticada, culturizada (en el sentido de mal intervenida y modificada).

    Casi siempre es la madre la que opta por otro tipo de crianza: la natural. Pero es que no cabría citarla como "otro tipo de", sino la única y exclusiva. No hay opciones que valgan. Y casi siempre es la madre porque es la que vive en sus carnes la concepción, la gestación, el parto, el amamantamiento... Es la que está preparada genéticamente desde los orígenes y la que entrega su cuerpo como cobijo para lo más querido del mundo: su hijo. Disfruta de todo el proceso hormonal necesario y sabio, primigenio, que no necesita instrucciones. Lo vive.

    Pero desgraciadamente, la intervención cultural a través de los medios de comunicación, algunas religiones, los comentarios de familiares mal informados (por muchos hijos que hayan tenido), la medicalización del parto y todo lo que conforma el ideario del nocivo patriarcado reinante, adormecen el instinto maternal y no dejan actuar al cuerpo para alcanzar el placentero éxtasis de ser madre. Pero serlo con todas sus letras y las implicaciones naturales que conlleva.

    Resulta incluso complicado en la época en la que vivimos diferenciar el instinto de lo cultural. Están tan arraigadas ciertas conductas que a pesar de no sentirlas se imponen en la madre creándole sentimientos contradictorios que ofuscan y entorpecen la relación madre hijo deteriorando el vínculo que debería existir.

    Incluso si consigue despojarse de toda agresión social, las recomendaciones, el protocolo médico... y conecta con lo natural, hay grados. Hay situaciones conflictivas que no sabe resolver desde el amor incondicional. Porque probablemente no es lo que ha vivido, no es lo que ve y no es lo socialmente reconocido.

    Hay madres que dan el pecho pero castigan. Unas duermen con sus hijos pero obligan a comer. Otras saben escuchar pero no cogen en brazos a sus pequeños. Muchas amamantan, escuchan, portean... pero vacunan o escolarizan. No hay una lista, un decálogo de la buena madre, entre otras cosas porque es subjetivo, ya que depende de quién juzgue, aunque cuando entra en juego el instinto la madre no se juzga demasiado y se deja llevar hasta donde la detengan. Tampoco se preocupa en este caso de cómo debe ser. Sólo es.

    La crianza natural no es una Biblia con postulados fijos que haya que cumplir para entrar dentro del saco. Hay que sentirla para ponerla en práctica. Hay que sentirse bien al hacerlo. Si no, se cae en la artificialidad de la desnaturalización de lo que para cada uno es lo natural, por mucho que creamos que es obvio lo que lo es o no. Dependiendo de la capacidad de percibir su ceguera se ven posturas más o menos extremas.

    No por ser hombre se tiene que carecer de esa sensibilidad p(m)aternal. Y son cada vez más los padres que abren su cuerpo (y su mente) a vivir su paternidad desde la perspectiva que nunca se debió perder. Hay quien pretende insultar diciendo que están "amariconados", que son demasiado "sensibles", "blandengues"... Pero no ofende quien quiere sino quien puede. Para las madres, nuestras parejas y pocos más son "padrazos".

    Tanto si se es madre o padre, cuando las tendencias en la crianza y educación confrontan con las de la pareja surge un gran problema. El perjudicado, para variar: el niño. No lo podemos permitir. La madre en sus trece y el padre en sus catorce. El todos a una  no sirve. Las discusiones están a la orden del día y el ambiente familiar se resiente, queda herido. El niño lo ve y lo sufre. Está confundido con el trato distinto y si disfruta del apego de ambos, sus vínculos emocionales le impiden posicionarse (creo que tampoco sería bueno). Los reproches entre sus padres, el desprestigio de los límites que cada uno "impone", las diferentes formas de educar en definitiva, conducen a mal puerto.

    En el mejor de los casos, dialogando, se suele pactar entre la pareja dónde se está dispuesto a ceder (con disgusto) y en qué circunstancias no, cuándo actuar de una forma u otra... Pero concepciones radicales de la maternidad y la paternidad desembocan con frecuencia en una ruptura o conforman un ambiente tenso y desagradable para toda la familia cada vez que se da un conflicto.

    Es fácil que se perciba así a la pareja como el enemigo, ya que dificulta "tu" labor en la crianza, a pesar de que se sabe que es cosa de dos. O incluso de "toda una tribu". Quien se cree poseedor de la verdad en este arduo camino de guiar a nuestros hijos no quiere permitirse el lujo de equivocarse por ceder ante las propuestas de la pareja. Y como ya comenté más arriba, casi siempre es la madre quien pretende hacer valer su "método" frente al del padre porque "los hijos son de las madres", "porque ellas los han parido". Sea cual sea el método, más o menos alejado de la crianza natural.

    Muchas madres que hayan leído hasta aquí se verán reflejadas porque sus parejas, los papás de sus hijos no están de acuerdo con ellas. Otras hacen y deshacen lo que quieren porque sus parejas "no se entrometen en esas cosas", algunas tienen la suerte de compartir las ideas... Pero estoy seguro de que son pocos los padres que intentan fomentar la crianza natural y sus parejas, las mamás de sus hijos, no desean hacerlo así o no hasta el punto al que ellos quieren llevarlo. Estos "bichos raros" también sufren. No son "marujos", "radicales", "blandengues"... Sólo son padres con una visión distinta que han sabido conectar con su hijo desde su viejo instinto animal y pretenden además conseguir que la madre consiga hacerlo hasta en los detalles supuestamente más insignificantes.

    No tengo la receta para solucionarlo. Sólo reflexiono y dejo el debate abierto. Aunque es evidente que una buena comunicación antes de ser padres, la empatía, el acuerdo, la puesta en común... arreglaría bastante el asunto. Pero cuando la maternidad o la paternidad nos absorbe y cambia nuestra escala de valores, todo lo anterior se va al garete.

    Desde mi punto de vista, la información veraz sobre el embarazo, el parto, la lactancia, la psicología infantil, la educación y la crianza natural ayudan notablemente. Los "libritos" sobre estos temas, denostados por muchos por creer que no se necesitan instrucciones para ser madre o padre (cierto es, pero matizando muchísimo: y de esto podríamos estar discutiendo toda una vida), son una herramienta fundamental para abrir los ojos si no te los ha abierto tu hijo. De educación habla cualquiera (yo también lo estoy haciendo ahora): todo el mundo opina, aunque la mayoría de las veces sin fundamento. Y para cada teoría que apoye los métodos conductistas en educación, hay otras que lo rebaten desde la crianza natural y al revés. Pero si nos dejamos de teorías y nos escuchamos las entrañas, seguro que optamos por el camino más seguro. ¿A quién no se le cae el alma cuando dejan llorar desconsoladamente a un niño en su cuna con los brazos extendidos pidiendo que lo cojan? ¿Qué madre o qué padre no siente la imperiosa necesidad de acurrucar en su regazo a su hijo? ¿Qué madre no se ha sentido mal al castigar a su hijo por cualquier nimiedad propia de la edad que tiene? Y lo peor es que con frecuencia es por aparentar ante los demás ser unos padres estrictos y autoritarios. Como si eso fuera bueno. Y en casa, obran de forma distinta o sucumben ante las plegarias del crío.

    Y en esas estamos. Ahí lo llevas. Y como aquel que dijo: " Ahora vas y lo cascas".

 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Kiko, yo soy uno de esos bichos raros que comentas. Padre de una hermosa criatura de dos años, soy un convencido de la crianza natural, con apego o como quieras llamarla, por las siguientes razones (en orden de importancia): 1- por lo que día a día me lleva enseñando mi hija desde el momento mismo en que supe de su concepción, 2- por mi manera de ser (marcada, sin duda, por mi padre, el ser humano más sabio y maravilloso que he conocido y al que echo de menos todos los días desde que partió), 3- por lo que he estudiado y leído sobre el tema, relacionándolo a su vez con mi formación como sociólogo.
Tu reflexión acerca de la situación que planteas: padre a favor de crianza natural versus madre "desnaturalizada" por prejuicios culturales (atavismos morbosos, a mi parecer), me ha hecho sentirme plenamente identificado en muchos de los puntos que señalas.
Efectivamente, se sufre. Sufrimos los tres. Te aseguro que soy una persona condescendiente, que no me importa ceder prácticamente nunca. Pero he descubierto que por mi hija no cedo. Soy absolutamente intolerante a su sufrimiento. Lo peor, para mí, no es estar en desacuerdo con el modelo de crianza. No. Podría pasarme la vida discutiendo sobre el sexo de los ángeles (hábitos adquiridos en la cafetería de la universidad). Lo que más hace que me hierva la sangre, es que la mujer a la que amo no sienta lo que me parece tan evidente que le corresponde sentir por naturaleza. Que ni si quiera la cristalina realidad que es nuestra hija, consiga hacerla replantearse mitos, miedos y convencionalismos. Que no se rebele. Que todo ello la impida disfrutar, junto a mí, de la vida. Es la sensación de luchar contra un muro, la triste comprobación, en carne propia, del arraigo que las costumbres impuestas por la masa tienen en el individuo, haciéndole perder su auténtica libertad.
Gracias por tu blog

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