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Muchos se asombran al ver mamando a un niño de uno o más años, aferrado a su madre. Extraño me parece a mí verlos casi más pequeños en el Mac Donals y no increpo a sus padres. Sin embargo el público, a veces los familiares, osan a proferir el comentario, no sé si malintencionado o quizás envidioso - dependiendo de quién provenga - : “Se va a echar novia y seguirá pidiéndote el pecho”, “Con dos añitos y aún mamando ¡Por Dios!”. Todavía no he visto yo a un adolescente llorar por el pecho de su madre (aunque es probable que alguno tenga un recuerdo más que entrañable). Hay quien se habrá armado su lengua de prejuicios y un poco de “mala leche” (con perdón de la expresión, que ya sabemos sus connotaciones y lo poco idónea que parece si analizamos bien su fondo) y le han dicho: “Chiquilla, quítale ya el pecho, que pareces una gitana”. Si es así…
Pues ¡Viva la teta gitana! Dichosas estas mujeres de piel morena que se adosan despernancados en el cuadril a su bebés, les dan de mamar donde les parece y les coge y los llevan a cuestas sin desatenderlos ni un minuto. Bendita la leche que mamaron y la que dan de mamar. Mi más profundo respeto y admiración por pasarse por el forro de las enaguas lo que diga la gente y escuchar su tradición y lo que le cuentan sus adentros: lo natural. Se me ocurre que el hermanamiento entre los de su etnia, el amor y la pasión a veces “exagerados” que muestran por los suyos podría tener incluso una relación directa con el lazo maternofilial que la mayoría crean en la etapa de la lactancia. Y si no fuera así: ¡Qué más da! Y quien quiera entender, que entienda.

