Si no haces tus tareas, no irás al parque. Hasta que no te comas todos los garbanzos, no tendrás postre. Ahí no se toca (con tortazo en la mano incluido). A las 9 a dormir. ¿Otra vez te has hecho caca? ¡No me interrumpas! No te metas en nuestras conversaciones. Como te muevas de ahí te doy un cate. No corras. Cuando te digo que te calles, te callas. ¡Quieta en el carrito! No me llores por cuentos. A mí no me manipulas. No te lo voy a consentir más. Con dos tortas te pongo más tiesa que una vela (tirándole fuerte del chaleco). No me contestes. Porque lo digo yo... ¿Sigo?
Lamentablemente podemos ver a diario esta sarta de órdenes y comportamientos punitivos. Démosle la vuelta al asunto: suponían que se trataba de una madre o un padre riñendo a su hijo ¿verdad? Aún en la suposición, a muchos nos duelen los oídos. Pues imagínense que se trata de un hijo "cuidando" de su madre anciana, enferma de alzheimer. Seguro que coincidimos aquí en que sin llegar a las manos, estamos hablando de maltrato. ¿Por qué si se trata de niños cedemos en el término y un "azote a tiempo" es educativo, un grito es porque no queda más remedio, un castigo "por su bien" y toda una batería de argumentos sin pies ni cabeza se convierten en parte de una "disciplina" que parece ser imprescindible para el pequeño?
Seamos honestos y consecuentes. Se castiga a diario a los más indefensos con un flagrante abuso de poder. El castigador es poderoso y el castigado débil. Pero llega un momento en que cambian las tornas y entonces le echamos la culpa a la sociedad.
Castigar es fácil y temporalmente efectivo en cuanto a la supresión del comportamiento no deseado por los padres. Pero puesto que carece de sentido, no hay explicación ni argumentos sólidos de base y reproduce un modelo coercitivo, vertical, jerárquico y autoritario, el éxito es fugaz: la prueba irrefutable de que el castigo no funciona es que casi siempre hay que volver a castigar. Ni aún así razonan muchos y reflexionan sobre esto. El hombre tropieza una, dos, tres... mil veces en la misma piedra. Y antes que reconocer ante la evidencia más sabia que están equivocados insisten en el error pensando que el castigo no funcionó porque fue demasiado leve. Mano dura entonces. Más de lo mismo y vuelta a empezar.
El niño interioriza que para ejercer poder sobre otros hay que castigar, maltratar, pegar, gritar. Imita estos comportamientos volviéndose agresivo y castigador (a ciertas edades incluso violentos con sus padres y el resto de personas a las que quiere someter a su voluntad). Ahora el poder es suyo. Y no hay quién se lo arrebate.
"De toda la vida se le ha pegado a los niños para corregir su conducta y no pasa nada". ¿Han escuchado alguna vez esta sentencia? Es probable que sí. Escudados en que aparentemente no existen consecuencias negativas o que si las hay no son preocupantes, todavía hoy se castiga verbalmente y lo que es peor (o no), físicamente, a los más pequeños. Tendemos a diferenciar grados en la violencia: "un cate no hace daño", "un bofetada de vez en cuando le va bien", "yo sólo le pego en el culo", "no le doy muy fuerte"... y tan panchos. ¿Dónde vamos a llegar? Pues castigar y agredir es un DELITO, señores. Sí, señores. No digo señoras, porque "de toda la vida se le ha pegado a las mujeres para corregir su conducta y no pasa nada"; "de toda la vida no han tenido voz ni voto y nos ha ido muy bien"; de toda la vida.... De toda la vida esto es maltrato, queramos vestirlo o no con eufemismos, palabros de moda y peregrinos argumentos. ¿A que tratándose del mismo discurso pero referido a una mujer -o un hombre, cómo no- la cosa cambia?
Cuando surgen conflictos el manido conductismo no sirve. Las terapias de choque (el castigo inmediato, el grito, los "tiempos fuera", el bofetón...) no arreglan nada. Todo lo contrario: lo empeoran. Por más que la Supernazi esté de moda. UNICEF recomienda cinco pasos básicos para criar en positivo y sin castigos: calma, escucha, conversación, explicación y acuerdo. Esto es otra cosa. Dejaremos la sillita o el rincón de pensar para otra entrada.
Si se castiga a un niño, el pequeño intenta realizar lo que estaba haciendo "sin que le pillen", porque no tiene conciencia de su mala conducta o no lo entiende. Y si deja de comportarse así, es justamente para recibir el premio del no castigo. Tiene miedo. Y un hijo nunca debe temer de sus padres. Se deteriora el vínculo y la relación. A ojos de sus progenitores es un "tirano" ingrato. Luego no podemos esperar demasiado de alguien que se cría con humillaciones, chantajes, privación de libertad y continuas faltas de respeto. No existe la relación de igual a igual. El padre o la madre es siempre juez y parte en el caso, por lo que difícilmente cederá. Y hay que ceder muchísimas veces (y pedir perdón) ante las lecciones de humildad, lealtad, agradecimiento, cordura y cariño que nos dan los niños cada día.
Y como aquel que dijo... "Hagamos el amor y no la guerra".
