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lunes, 19 de diciembre de 2011
La obediencia del maleducado
No, no voy a hablar de la teta en esta entrada. Que ya alguien me ha dicho que "siempre tengo la teta en la boca". Y aunque ha sido así hace un momento, físicamente me refiero (¡Qué rica está la leche de mi mujer!), sólo era un mini aperitivo, bromeando con mi hija. Seguiré dando la lata en muchas ocasiones con la lactancia, cómo no, pero hoy me apetece reflexionar sobre la obediencia.
He tenido que escuchar en alguna ocasión -no sin responder lo que corresponde, claro- que mi hija es "una petarda", "malacostumbrada", "caprichosa"... Y algunos calificativos más. No me ofende en general, pero dependiendo de en qué contexto y de quién provenga, molesta, sí.
Resulta que nos ha tocado vivir una época donde un niño bien educado es el que se queda quieto, el que no rompe nada, el que se come todo lo que le dan, el que duerme la noche de un tirón, el que no pide, no replica, no llora, no salta en el sofá, no interrumpe a "los mayores", recoge sus juguetes, no se ensucia... y es obediente. Y cuando se trata de una actitud natural del niño, aunque es complicado que tenga todas estas supuestas "virtudes" a la vez, quizás no suponga un problema, pero si este retrato surge de la imposición premeditada y la educación de sus padres, permítanme decir que lo considero una negación absoluta de la infancia, un robo a mano armada, una privación de libertad y una falta de respeto a la propia vida.
Los largos paseos en carrito encajonan al niño en un balcón estrecho sin calor humano desde donde ven el mundo como el que ve la tele en el sofá, promoviendo el sedentarismo desde edades tempranas cuando los niños saben y quieren ya andar. Si están junto a sus padres en una reunión, en un bar o en cualquier acto social se valora la quietud, "que no moleste". Ya incluso en las celebraciones de bodas los novios especifican que "no se admiten niños". ¡Qué pena!
Está bien visto que trague a modo de pavo embuchado todo cuanto su amorosa madre le tritura: la frutita. Resulta que un bebé de... pongamos ocho meses, por ejemplo, se toma para merendar un remix compuesto por un plátano, una pera, tres galletas, media manzana y el zumo de una naranja, cuando menos. ¡Joder! Casi lo que podría tomar yo en una semana. Y todavía pretenden que cene un poco, a saber: un lomo de mero triturado con verduras variadas, un yogur y el biberón de leche con cereales. No sé cómo no revientan en la cama. Pobrecitos.
Si no duermen toda la noche, es que "dan porculo" y se han acostumbrado a los brazos, tienen hambre (¿seguro?) o qué se yo. Si piden de todo, es que son caprichosos, no que expresan sus necesidades o buscan el afecto, la atención o simplemente divertirse con lo que piden para jugar con ello. Si replican y preguntan constantemente son unos "jartibles" (en andaluz, sí), no niños curiosos que desean aprender y se le cortan las alas. Si lloran, es para manipular y dar la nota, no porque expresen su malestar por el motivo que sea. Si saltan en el sofá, se tiran al suelo o se ensucian con el barro, son "cafres y guarros", no experimentadores innatos. Y si además no obedecen a sus riñas, órdenes y peticiones, es porque quieren rebelarse, desafiar la autoridad de los padres, hacer daño y coger el brazo cuando sólo se le da la mano. He escuchado y leído que se vuelven "pequeños tiranos". Falso, rotundamente falso (se me ocurre además que quizás el cólico del lactante tenga que ver mucho con el malestar del bebé por muchas de estas cuestiones).
Un niño obedece cuando entiende y tiene interiorizado que debe hacerlo por algún motivo convincente. Dependiendo de la madurez y la edad que tengan, ya no habrá que solicitar esa obediencia en algunos asuntos y reprobar otros. Es realmente penoso, que haya padres que estén constantemente hablando de disciplina cuando sus hijos no suben dos palmos del suelo. Tienen uno o dos años y ya creen que con sus actitudes "quieren subírsele a la chepa" y no se lo consienten. Imponen su autoridad a través del chantaje y el miedo, el castigo, el tortazo y el zamarreo. "Con los niños hay que tener mano dura". Siento un latigazo cada vez que alguien profiere estas palabras o las deja escritas para vender su supuesto buen hacer. A mí me gusta emplear las manos exclusivamente para abrazar, acariciar, mecer y acunar a mi hija. Mis manos son blandas. No creo en el cachete a tiempo, en "sólo le pego en el pañal", en "los tiempos fuera" ni en la obediencia sumisa e inaprensible para un niño.
No deseo que mi hija ni ningún niño sea obediente cuando le digo que no arañe un mueble con las llaves de papá porque tema que la castigue, la deje sin ir al parque o lo que es peor: se quede sin postre (hay padres que juegan con la comida, sí) o le pegue (lamento que haya muchos que todavía hoy pegan a sus hijos); sino porque sepa que el mueble es algo relativamente valioso para nosotros y que supone un sacrificio económico comprar uno nuevo si lo estropea. Cuando es demasiado pequeña, aunque se le explique, probablemente no lo entienda, pero hay que hacerlo y apartarla si insiste o lo va a intentar de nuevo, permanecer atentos y no poner a su alcance las llaves. A lo mejor se conforma si le damos un trozo de cartón de algún electrodoméstico, un plástico, una tabla que poder arañar y reconducimos esa pulsión que nos parece destructora y estúpida, cuando puede que sea la semilla de la inquietud artística de una prestigiosa escultora. Pero si nos limitamos a reñir con un "No se araña el mueble, eres mala, eso no se hace, no está bien", se castiga y se le predispone para que vuelva a hacerlo con el manido "Como te pille...", "La próxima vez...", se afanará en hacer lo que quiere sin que la pillen para evitar el castigo sin saber por qué está mal "jugar" a hacer surcos en ese material que tanto le atrae. Y olvídate de camino de que sea escultora si le cierras las puertas a cada paso. Por si a ti que me lees te hubiera hecho ilusión ¡je!
En algunos colegios, la desobediencia (y algunas malas conductas -o consideradas así por el maestro de turno, porque muchas no lo son-) se castiga con la sillita o el rincón de pensar. Pedagogía barata: creo que lo único que concluyen de su "reflexión" es la relación entre el castigo y el pensar. Mejor no pensar y hacer caso al maestro, diga lo que diga. ¡Ahhhhhhh! ¡Socorro! ¿Cómo va a reflexionar solo un niño pequeño sobre algo que no se le explica convenientemente, dialogando? Me gustaría estar en sus cabecitas para saber en qué se distraen durante esos minutos o qué traumas comienzan a forjarse.
Pero mi hija es para ojos ajenos una petarda porque no ha querido ni quiere carro y corre (y vuela) entre las sillas de los bares, de un cacharro a otro en el parque, detrás de los perros... porque salta en el sofá cuando le apetece, porque juega con cualquier recipiente donde quepa algo de agua, se mancha con las témperas y comiendo, porque se sube a todo lo que alcanza y porque no se queda quieta. Está malacostumbrada porque quiere que le preste atención cuando hablo por teléfono o mantengo una conversación con alguien, porque llora si salgo de casa a hacer algún recado o a un examen porque quiere venir conmigo o porque se queja si no quiere comer determinado alimento. Y es caprichosa porque quiere teta en el supermercado, elegir (tiene sólo dos años -los cumple este enero-) la ropa que se pone, ir a visitar a una abuela y no a otra o que le ayude a levantarse de una caída su madre y no la prima, el abuelo o el primero que pasa. Mi hija es una desobediente porque le decimos que no se suba al mueble de nuestro amigo y no "acata la orden", cuando lo que busca es imaginar una casita, una cueva o el tubo de ikea por el que entra y sale de rodillas. En casa puede hacerlo, fuera quizás moleste y como no queremos invadir la intimidad ni las propiedades de nadie se le explica una y otra vez, se la aparta y "consentimos" sin demasiados problemas esa desobediencia parcial, esa insumisión, porque en el futuro sabrá cómo puede comportarse en casa, no obedecerá a nadie ni a nada sin cuestionarlo y aplicar su criterio primero (buena opción en la adolescencia, cuando el líder de sus amigos quiera llevarla por mal camino o tenga que tomar decisiones importantes), respetará a los demás y a nosotros, será libre y probablemente sabrá discernir entre el consejo, la recomendación, el buen hacer y la dichosa obediencia del que sí es maleducado.
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